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“Es que la vida es muy dura en la chacra”: La migración interna y el trabajo doméstico

[en los margenes] Explorando situaciones de marginación en la sociedad peruana contemporánea

Leda M. Pérez

Publicado: 2016-10-19

“Lady” (1974, Chiclayo) me dijo que había migrado a Lima en el 2006 porque: “En provincia no hay economía”. El mismo comentario se repite de una u otra manera en la mayoría de las entrevistas que he venido haciendo con trabajadoras del hogar desde el año 2015. Así como lo expresado por “Lady”, la razón principal citada en torno a la migración a Lima es la búsqueda de mejores posibilidades económicas y educacionales. Me cuentan de las condiciones terribles de pobreza; la violencia estructural que enfrentan como adolescentes y mujeres – en muchos casos, con obstáculos a la educación que provienen tanto de sus familiares por creencias acerca de lo innecesario de educar a una niña, como también por la falta de acceso a escuelas.  

Según datos del INEI (2013), y corroborado por nuestras entrevistas, la mayoría de trabajadoras domésticas nacieron fuera de Lima -- más del 50% de ellas (ver a continuación).

               Trabajadoras domésticas y PEA ocupada por estatus migratorio

                                                   Fuente: INEI, ENAHO 2013. Pérez & Llanos, en prensa. 


Una vez que llegan a la capital, no es el cuento feliz. Una entrevista sostenida hace poco con Ángela (1984, Tingo María) relata que llegó a Lima a los 11 años para “ayudar” a su tía, hermana de su madre. Como ella misma me dijo: “…Vivíamos en la chacra, mi mamá me trajo a Lima para salir adelante…Es que la vida en la chacra es muy dura”. Así es que el arreglo fue que la niña iría a vivir en la casa de su tía. Pero la historia que ella me relata en realidad es el de un trueque familiar en el cual el acuerdo fue de darle albergue, comida, ropa y la posibilidad de ir al colegio a cambio de su trabajo en la casa. Dentro de este arreglo “Ángela” fue la trabajadora del hogar de su tía entre los 11 y 17 años de edad. En un momento de nuestra entrevista se quebró recordando un castigo que recibió por algo menor, y cuando le pedí que me explicara qué es lo que estaba sintiendo, me dijo: “Es que me sentí muy sola. Nunca recibí cariño”. Ángela llegó a terminar el colegio y, luego, la secundaria la completó mientras trabajaba en otra casa cuando ya no pudo soportar más las humillaciones de su tía.  

El caso de Ángela no es aislado. Muchas de las historias que escucho son semejantes, o peores. Y si bien, como en el caso relatado, muchas llegan a completar su primaria y secundaria luego de enormes sacrificios, la recompensa es muy poca. Pues, pese a todo ello, en la mayoría de los casos la educación alcanzada no sirve para mejorar su estatus socioeconómico. Líneas abajo, podemos apreciar los sueldos recibidos por trabajadoras del hogar versus otros trabajadores, incluso aquellos en trabajos informales y de baja productividad. Ellas están por debajo de todos.

                 Ingreso mensual por nivel educativo y grupo ocupacional (2013)

                                                    Fuente: INEI, ENAHO 2013; Pérez & Llanos, en prensa.

Datos analizados para los años entre 2004 y 2013, así como entrevistas sostenidas con trabajadoras del hogar, sugieren que –al menos en ese período– hay evidencia de algunas experiencias en otros trabajos. Sin embargo, estos han sido principalmente movidas horizontales a trabajos de baja productividad, pobre remuneración, y en algunos casos, tanta, sino más, explotación como el que algunas experimentan en el trabajo doméstico.  

Entrevistas recientes (2016), por ejemplo, resaltan experiencias en factorías similares a aquellas que inspiró Marx a escribir “El Capital”. De hecho, ellas son invisibilizadas por falta de contratos y pagos en efectivo. “Guadalupe” (1979, Tingo María) me dice que las trabajadoras en la empresa de joyas en la cual ella laboró un tiempo eran escondidas de los inspectores. Ahí ganaban 40 soles por jornadas de 14 horas al día.

Estas mujeres –este segmento laboral– están entre la espada y la pared. Lo irónico es que muchas que salen del sector por un tiempo vuelven al trabajo doméstico a jugar su suerte con la esperanza de que encuentren un empleador bondadoso que, si bien no cumpla con todos sus derechos laborales, al menos les pague mejor. La triste realidad para estas mujeres es que están a merced de cualquier empleador, y sus opciones son limitadas. Su única protección son las redes que logran establecer y, hasta ahora, el poco apoyo que éstas les pueda brindar.

Es así que seguimos frente a una subclase trabajadora compuesta por mujeres vulnerables. Sigo viendo a mujeres jóvenes como Ángela que hace solo 15 años laboraba para un familiar sin remuneración, sin derechos y sin cariño. Pienso en la joven “Elizabeth” (1996, Huaraz) que llegó a Lima en el 2014 para trabajar cama adentro y así mandar dinero a su hijo de dos años. Pero cuando pidió tiempo para estudiar en un instituto, esos deseos fueron bloqueados por su empleador. Sin una mejora en las condiciones laborales en general en el Perú, ¿qué se puede esperar con la desaceleración económica? Temo que el peso grueso del progreso para algunos seguirá cayendo sobre las cabezas de niñas y mujeres vulnerables. La vida será muy dura en la chacra, pero en Lima la vida ahora es precaria por otras razones y sin garantías de ninguna movilidad vertical, ni una protección social.




Escrito por

ledaperez

Investigadora Afiliada al Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico [CIUP]


Publicado en