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Cuidar a las que cuidan

Una política social en beneficio de tod@s

[en los margenes] Explorando situaciones de marginación en la sociedad peruana contemporánea

Leda M. Pérez

Publicado: 2016-12-09

Entre las diferentes cosas aprendidas en mis entrevistas con trabajadoras del hogar en Lima es que existe una fuerte demanda por parte de los empleadores de este sector en torno a los cuidados de niños, niñas y adultos en condición de dependencia. Al menos la mitad de las mujeres con quienes he hablado cuentan que alguna vez han sido contratadas para cuidar niños o personas mayores – muchas veces siendo algo que hacen además de otros quehaceres domésticos.   

Esto no sorprende dado que en el Perú se experimentan cambios significativos sociales y demográficos. Más de la mitad de las mujeres trabajan fuera del hogar; migraciones a las ciudades continúan; y, así como en el resto del mundo, la población envejece. Lo que ello significa es que existe una demanda por cuidados de personas en condición de dependencia, y más allá de las niñas y niños, ello cada vez más incluye a adultos.

Por ello es importante entender qué función cumple el trabajo de cuidados. ¿Quién lo hace? ¿Por qué resulta importante?

¿Qué es el cuidado? ¿Por qué nos importa?

Según un texto de Naciones Unidas, “El cuidado comprende el conjunto de actividades necesarias para poder satisfacer las necesidades básicas (tanto materiales como simbólicas) relacionadas con el desarrollo y existencia de las personas, tales como la alimentación, la limpieza, la vestimenta, el cuidado de menores y dependientes, la gerencia del hogar, las compras o adquisición de los insumos necesarios para los integrantes de los hogares, el apoyo emocional, el mantenimiento de las relaciones sociales, etc.” (Salvador 2013:11). 

Por tanto, cada unidad familiar toma decisiones acerca de cómo organizar los cuidados de su hogar. Sin embargo, notando que en la mayor parte de las sociedades del mundo el trabajo de cuidado recae principalmente en las mujeres – bien sea en algún familiar sin remuneración o personas contratadas privadamente -- hay un cuerpo de investigación que cuestiona la suposición de que la organización del cuidado es un asunto privado. Aquí el trabajo de Shahra Razavi (2007) es particularmente importante. Ella acuñó el término care diamond (diamante de cuidado) arguyendo que hay una relación entre el Estado, el mercado y la sociedad en torno a la manera en la cual se procuran y se remuneran los cuidados. Lo que ello significa en la práctica es que el cuidado no es una problemática privada, ni un “tema de mujeres”, sino que funciona en co- relación con el Estado y el mercado. Como dice Razavi: “En lo ideal, la sociedad debería reconocer y valorizar la importancia de diferentes formas de cuidados sin reforzar la idea de que esta función es algo que solo puede, o debe, hacer las mujeres. Pues, las consecuencias adversas de asociar un trabajo con este género son la precariedad financiera y la exclusión del dominio público”.

En el análisis final, el cuidado es una función socioeconómica que permite, por un lado, la reproducción social y, por otro, el empleo de cuidadoras que brindan este servicio por medio de labores domésticas y/o del cuidado directo de personas en condición de dependencia. Visto de esta manera, el cuidado es un componente clave de la protección social, así como lo es el derecho a recibir servicios de salud, o una educación. No es posible – ni justo – que la unidad familiar se encargue exclusivamente de esta protección. Más bien, el aporte de otros sectores, como sugiere el diamante del cuidado de Razavi, es necesario.

¿Qué hacer?

Si entendemos que los cuidados – tanto la labor doméstica como también los cuidados directos a niños y adultos – son la base que permite que todas las personas desarrollen sus vidas con igualdad, entonces sería evidente que ello tuviera que formar parte del paquete básico de protecciones sociales a los cuales todos y todas tenemos derecho. La organización del cuidado no es solo una función privada sino también pública y social por lo que se tuviera que revaluar tanto quien hace este trabajo; que valor se le asigna; y en qué condiciones cumple con su labor. También el Estado tendría un papel en asegurar que los cuidados necesarios para la sociedad se cumplan a través de una apuesta colectiva basada en la igualdad de género.

Las investigaciones notadas aquí, entre otras, han sido importantes para alimentar la discusión sobre la necesidad de asignar un valor socioeconómico a este sector. Pues sin ello; sin incluir esta labor dentro de la contabilización en las cuentas nacionales, permanece como un trabajo fácilmente descartable, poco productivo. Pero el Estado tiene responsabilidad en intervenir aquí. Cómo ha notado Gösta Esping-Andersen (2004), aquellos países que han tenido mayor éxito en la lucha contra la pobreza también son aquellos en los cuales las tasas de empleo formal de mujeres son las más altas. Cuando las mujeres – de todos estratos sociales – pueden salir a trabajar a sabiendas de que los cuidados de sus hogares no recaen exclusivamente sobre sus hombros, ganamos tod@s.

Referencias

Batthyány Dighiero, K. (2015). Las políticas y el cuidado en América Latina. Una mirada a las experiencias regionales. Santiago de Chile: CEPAL.

Esping-Andersen, G. (2004). La política familiar y la nueva demografía. ICE Consecuencias de La Evolución Demográfica En La Economía.

Salvador, S. (2013). Análisis de costos y posibles impactos de diferentes modelos de licencias por maternidad, paternidad y parentales. Documento de Trabajo. Montevideo: Naciones Unidas Uruguay.


Escrito por

ledaperez

Investigadora Afiliada al Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico [CIUP]


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