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No se nace esclavo

Hacia una nueva concepción del trabajo doméstico

[en los margenes] Explorando situaciones de marginación en la sociedad peruana contemporánea

Leda M. Pérez

Publicado: 2016-12-01

Cuando pienso en la esclavitud de antaño me vienen a la mente imágenes de personas encadenadas, forzadas a trabajar en condiciones infrahumanas para el beneficio exclusivo de otros; sin remuneración alguna, y con la constante amenaza del castigo y la muerte inminente. Una existencia llena de una profunda deshumanización; una experiencia de puro terror. 

Tristemente, si aplicamos algunas de estas condiciones a algunos de los sectores laborales de hoy, el trabajo doméstico sería uno de aquellos que cuenta aún con rasgos de esclavitud moderna. Si bien es cierto que no he hallado a mujeres y adolescentes en este empleo que lleven cadenas visibles, lo que me queda claro es que las cadenas están ahí en la mayor parte de los casos, así no las veamos. Pues como hemos señalado en posts anteriores, la mayoría de este sector laboral sigue siendo compuesto por madres solteras y migrantes de bajos recursos. Esta condición pareciera ser una suerte de fórmula que les garantiza alta vulnerabilidad con sueldos y derechos recortados y escasas opciones para salir del sector. Asimismo hemos visto que las posibilidades de movidas a otros trabajos mejor remunerados también son limitadas. Así es que en la práctica, la mayoría de las personas en este trabajo no tiene otra opción, situación que en sí misma puede resultar esclavizadora.

Asimismo es importante notar que la sindicalización de trabajadoras y las organizaciones de sociedad civil que brindan apoyo así como las redes sociales y la mayor disponibilidad de información han jugado papeles clave en torno al empoderamiento de este sector. Esta misma semana hablé con una señora que me explicó en detalle cómo había logrado ser atendida en el Ministerio de Trabajo cuando planteó una demanda contra un empleador que se había rehusado a pagarle lo que le debía. ¡Y ella ganó! Claro, no fue sin bastante esfuerzo de su parte que supuso varias llamadas y visitas hasta que lograra que alguien atendiera su caso. Sin embargo, al final supo reclamar sus derechos y así conseguir justicia. Pero ella es la excepción. La mayoría de mujeres que hace este trabajo ni tiene el tiempo, ni las energías, ni -en muchos casos aún- el conocimiento de cómo llevar sus demandas al ministerio directamente. Por tal motivo, es esencial concebir este trabajo en una nueva luz. Para ello tuviéramos que plantear y responder a algunas preguntas: ¿Por qué es necesario este trabajo? ¿Para quién se hace? ¿Cuál tendría que ser el rol Estado-sociedad frente a él?

¿Para qué y para quién?

El trabajo doméstico conforma una actividad importantísima en cualquier sociedad. Pues es la labor fundamental de los quehaceres del hogar; muchas veces incluyendo también el cuidado de niñas y niños y personas en condición de dependencia que permite a los jefes de hogar salir a trabajar. Lo que esto significa es la posibilidad de que -nada más y nada menos- cada familia pueda llevar a cabo su reproducción social. No creo que exagere cuando digo que el hecho de que alguien se ocupe de esta labor facilita la movilidad social y laboral para las personas que les emplea. Siendo así las cosas, lo que llama la atención es que este trabajo sea tan discriminado a sabiendas de que es sobre las espaldas de estas trabajadoras que otros y otras pueden desarrollarse plenamente. Si bien ya hemos hablado aquí de la evolución histórica de este trabajo, la pregunta ahora es ¿qué hacer para que esta situación marginadora cambie? Pues si entendiéramos esta labor de la manera que yo describo aquí, comprenderíamos que es una labor productiva que tendría que ser considerada, contabilizada, y valorada en nuestras matrices económicas. A un trabajo productivo se le compensa adecuadamente y se le otorga los mismos derechos.

¿Cuál debería ser nuestra aproximación?

En primer lugar, el trabajo doméstico tuviera que ser rescatado de esa categoría de inferioridad en la cual ha sido colocado. Lastimosamente, una de las razones por la cual tiene tan baja clasificación y es tildado como trabajo no productivo es porque es hecho por mujeres que además suelen ser entre las más pobres y vulnerables. Por ello hay que ver esta labor, no como “trabajo de mujer”, sino como una función socioeconómica clave que tanto el Estado y la sociedad reconocen. Segundo, en países altamente desiguales como el nuestro, esta actividad económica representa un significante fuente de empleo para cientos de miles de mujeres. Ellas, en la mayoría de los casos, representan el ingreso principal de sus familias. Asimismo, ellas hacen posible que otras familias – entre ellos, las mujeres de éstas – salgan a trabajar o se dediquen a otras actividades. Visto de esta manera, pudiéramos argüir que el trabajo doméstico es un elemento indispensable de una larga cadena de abastecimiento en la cual el producto final es el desarrollo socioeconómico.   

Tomando en cuenta lo anterior, es de notar que hay otros modelos, tanto en Europa como en América Latina, que se pueden considerar – arreglos desde el Estado para promover este empleo de manera decente y justa. En el caso belga, por ejemplo, trabajadores domésticos son empleados por compañías privadas que, a su vez, son registradas bajo un esquema de vales. Los hogares contratan a los trabajadores directamente por medio de estas compañías. Este modelo ayuda a regularizar el trabajo, visibilizando a tanto el empleador como el empleado y dejando en claro los derechos del empleador así como las responsabilidades con las cuales tiene que cumplir con cada trabajador que contrata. Asimismo el trabajador doméstico es registrado en el sistema y sus responsabilidades y derechos son especificados. Los estándares de empelo están basados en el acuerdo colectivo pre-establecido en un proceso de negociación colectiva e incluye un contrato de trabajo estándar (Pérez, en prensa).  

No tan lejos del Perú está el caso chileno en el cual se han comenzado a otorgar mayores derechos, entre ellos asegurar contratos por escrito que permiten un registro valido que facilite el monitoreo del sector. Asimismo hace tiempo que las trabajadoras del hogar de este país cuentan con plenas licencias maternas porque el Estado chileno considera valioso que las mujeres trabajen – no importa en qué sector. Finalmente, un caso interesante es el uruguayo, en cual se ha creado un Sistema Nacional de Cuidados. Aquí, tanto los que son “cuidados” como los que “cuidan” son beneficiarios de los mismos derechos.

Es posible eliminar los elementos esclavizadores de nuestra fuerza laboral. Solo hay que decidir así hacerlo.

Referencias:

Pérez, L.M. (en prensa). "Trabajo doméstico remunerado y la precareidad laboral en el Perú: Retos para una democracia más inclusiva" en  Farfán, R., Mariani, S.,  & O'Neill, C.  Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico: Lima. 



Escrito por

ledaperez

Investigadora Afiliada al Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico [CIUP]


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